Recuerdo que de niña lo odiaba. Los veranos de mi infancia, que eran interminables, se acababan de pronto, cambiando radicalmente el ritmo de la vida: ya no podíamos estar tanto en la calle -por el frio y por los deberes-, se acababa eso tan largo llamado verano, en el que había tiempo de sobra para todo, incluso para aburrirse. Con el otoño yo estaba convencida de que el sol ya no aparecía hasta el fin de semana.
Y es que claro, había tanto por hacer… La vida estaba empezando, y yo estaba impaciente por aprovecharla. Sin embargo esa estación te invita a recogerte, a parar un poco el ritmo.
Tampoco en mi juventud era capaz de disfrutar del otoño. Era la vuelta a la rutina, a las obligaciones, que eran cada vez más. Mi generación, al menos en el ambiente en que yo me desenvolví, asumió orgullosamente la independencia, con lo cual había que trabajar y demostrar muy pronto una cierta madurez general. El otoño suponía volver a estudiar además de trabajar y de hacer quinientas cosas más. Había que aprovechar el tiempo.
Y por fin llegó el otoño, esa edad madura en la que ya está prácticamente todo hecho. La flor ya pasó, la fruta ya estuvo madura y las canas anuncian lo que vendrá. Es momento de disfrutar, de recolectar, de retocar aquella gran obra que nos dejó exhaustos. Un día de estos voy a dejarme las canas.
Sí, me gusta el otoño más que antes, porque antes lo sentía desde un barrio de Madrid y hoy lo disfruto desde Sobrarbe, que tiene uno de los otoños más fascinantes que yo he contemplado. Pero también porque al ver esos paisajes me reconozco en ellos. Yo soy esa hermosa madurez repleta de naranjas y dorados, de matices inacabables. Sí, yo quisiera ser, y apuesto a que soy, esa lluvia conciliadora que reparte para todos, sin distinción, con generosidad. Sí, soy el gordolobo y la boca de dragón, el espino y la cardonera, el endrino y el serbal, el arce y el chopo, el haya y el roble.
Dice Serrat: “Se va la tarde y me deja/ la queja que mañana será vieja/ de una balada en otoño”.
En el Otoño hay tiempo para todo, para la lluvia melancólica que recuerda lo que ya no volverá y para un sol rotundo que me anuncia otra realidad y otra estación por descubrir.
Vicky Bueno
Busco, sin éxito, en la Guía de Servicios de la Comarca y en las páginas amarillas un arquitecto mágico.